Si alguna vez has sufrido dolor lumbar, no estás solo. El dolor lumbar es la principal causa de discapacidad a nivel mundial, afectando a cientos de millones de personas y representando uno de los mayores desafíos para los sistemas de salud (GBD 2021 Low Back Pain Collaborators, 2023).
La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, el dolor lumbar tiende a mejorar por sí solo durante las primeras semanas. Sin embargo, esto no ocurre en todas las personas. Aproximadamente 1 de cada 4 pacientes desarrolla dolor lumbar persistente, donde el dolor continúa durante meses o incluso años (Maher et al., 2017; Hayden et al., 2021).
Entonces surge una pregunta muy frecuente:
¿Por qué mi dolor no mejora?
La respuesta rara vez depende de un solo factor. Actualmente sabemos que el dolor lumbar persistente suele mantenerse por la interacción de factores físicos, neurológicos, inmunológicos, psicológicos y relacionados con el estilo de vida.
1. El tratamiento que recibes también puede influir
Durante muchos años, el tratamiento del dolor lumbar estuvo centrado exclusivamente en la columna vertebral. Se buscaba corregir una «vértebra desalineada», fortalecer un músculo específico o encontrar la estructura responsable del dolor.
Sin embargo, la evidencia actual muestra que muchos pacientes reciben tratamientos discordantes con las guías clínicas internacionales.
¿A qué nos referimos?
Por ejemplo:
- indicar reposo prolongado;
- recomendar evitar el movimiento o el ejercicio;
- depender únicamente de terapias pasivas;
- solicitar imágenes sin criterios clínicos;
- atribuir el dolor exclusivamente a hallazgos como «desgaste», «discopatías» o «artrosis»;
- no educar al paciente sobre cómo funciona realmente el dolor.
Diversos estudios muestran que estos abordajes pueden favorecer la cronificación al aumentar el miedo al movimiento, disminuir la actividad física y generar dependencia del tratamiento (Bunzli et al., 2023; Oliveira et al., 2018).
Actualmente, las guías internacionales recomiendan mantener la actividad física, promover el ejercicio, educar al paciente y abordar los factores que contribuyen al mantenimiento del dolor, más que centrarse únicamente en el tejido.
2. Las palabras también pueden doler
El lenguaje utilizado por los profesionales de la salud tiene un enorme impacto.
Frases como:
- «Tienes la espalda de una persona de 80 años.»
- «Tus discos están destruidos.»
- «Nunca más podrás correr.»
- «Debes cuidar tu columna para siempre.»
pueden parecer inofensivas, pero muchas veces generan miedo, preocupación y una percepción exagerada de fragilidad.
Esto favorece lo que conocemos como catastrofización, es decir, una tendencia a interpretar el dolor como una amenaza muy grave y permanente.
La investigación ha demostrado que la catastrofización se asocia con:
- mayor intensidad de dolor;
- mayor discapacidad;
- menor recuperación;
- peor respuesta al tratamiento;
- mayor probabilidad de desarrollar dolor persistente (Sullivan et al., 2001; Wertli et al., 2014).
Esto no significa que «el dolor esté en la cabeza». Significa que la forma en que interpretamos una lesión influye directamente sobre cómo responde nuestro sistema nervioso.
3. El dolor no siempre refleja daño
Uno de los descubrimientos más importantes de la neurociencia del dolor es que dolor y daño no siempre son equivalentes.
Muchas personas presentan protrusiones discales, artrosis o degeneración en la resonancia magnética sin experimentar ningún síntoma.
Al mismo tiempo, otras personas presentan mucho dolor con cambios estructurales mínimos.
Esto ocurre porque el dolor es una experiencia protectora generada por el sistema nervioso cuando interpreta que existe una amenaza para el organismo.
La lesión puede iniciar el problema, pero con el tiempo otros factores pueden mantener esa respuesta protectora incluso cuando los tejidos ya se han recuperado.
4. El estilo de vida puede mantener el dolor
Cada vez existe mayor evidencia de que algunos hábitos cotidianos pueden influir directamente sobre el funcionamiento del sistema nervioso y del sistema inmune.
Entre ellos destacan:
Sedentarismo
Permanecer muchas horas sentado y realizar poca actividad física disminuye la capacidad del organismo para adaptarse al esfuerzo y favorece la pérdida de fuerza, resistencia y confianza en el movimiento.
Hoy sabemos que el movimiento es uno de los tratamientos más efectivos para el dolor lumbar persistente.
Dormir mal
Dormir pocas horas o tener un sueño de mala calidad aumenta la sensibilidad al dolor, favorece procesos inflamatorios y dificulta la recuperación.
En muchos pacientes, mejorar el sueño forma parte del tratamiento.
Alimentación
Una alimentación rica en alimentos ultraprocesados y pobre en frutas, verduras y fibra puede favorecer un estado de inflamación sistémica de bajo grado.
Aunque la alimentación por sí sola no explica el dolor lumbar, sí puede actuar como un factor perpetuante en algunas personas.
Estrés, ansiedad y depresión
El dolor lumbar persistente no solo afecta el estado de ánimo; también ocurre al revés.
La ansiedad, la depresión y el estrés mantenido modifican la actividad del sistema nervioso, alteran el sueño, disminuyen la actividad física y aumentan la percepción de amenaza.
Por eso, actualmente sabemos que la salud mental y el dolor mantienen una relación bidireccional.
No significa que el dolor sea psicológico, sino que ambos sistemas se influyen mutuamente.
5. No existe una única causa… ni una única solución
Una de las principales diferencias entre la rehabilitación moderna y la de hace veinte años es que dejamos de buscar una única estructura responsable del dolor.
Hoy comprendemos que cada paciente presenta una combinación diferente de factores.
En una persona el principal problema puede ser el miedo al movimiento.
En otra, un sueño muy fragmentado.
En otra, un estilo de vida sedentario.
En otra, niveles elevados de estrés.
Y, por supuesto, también existen casos donde el tejido lesionado continúa siendo el principal responsable de los síntomas.
La clave está en identificar qué factores mantienen el dolor en cada persona.
¡La buena noticia!
Que el dolor lumbar lleve meses o incluso años no significa que no tenga solución.
Actualmente disponemos de una enorme cantidad de evidencia que demuestra que programas personalizados que combinan:
- educación sobre el dolor,
- ejercicio terapéutico,
- actividad física,
- mejora del sueño,
- manejo del estrés,
- hábitos saludables,
- y un abordaje centrado en la persona,
consiguen mejores resultados que centrarse únicamente en la columna vertebral.
La pregunta ya no debería ser únicamente «¿qué estructura está dañada?», sino también:
¿Qué factores están impidiendo que mi sistema vuelva a sentirse seguro?
Porque muchas veces, recuperar la salud no consiste solamente en reparar un tejido, sino en ayudar a todo el organismo a volver a funcionar de forma equilibrada.
Bunzli, S., O’Sullivan, P., Caneiro, J. P., et al. (2023). Clinician treatment orientation and low back pain care: A narrative review. British Journal of Sports Medicine.
GBD 2021 Low Back Pain Collaborators. (2023). Global, regional, and national burden of low back pain, 1990–2021. The Lancet Rheumatology, 5, e316–e329.
Hayden, J. A., Ellis, J., Ogilvie, R., et al. (2021). Exercise therapy for chronic low back pain. Cochrane Database of Systematic Reviews, 9, CD009790.
Maher, C., Underwood, M., & Buchbinder, R. (2017). Non-specific low back pain. The Lancet, 389(10070), 736–747.
Oliveira, C. B., Maher, C. G., Pinto, R. Z., et al. (2018). Clinical practice guidelines for the management of non-specific low back pain: A systematic review by intervention. European Spine Journal, 27(11), 2791–2803.
Sullivan, M. J. L., Bishop, S. R., & Pivik, J. (1995). The Pain Catastrophizing Scale: Development and validation. Psychological Assessment, 7(4), 524–532.
Wertli, M. M., Rasmussen-Barr, E., Weiser, S., Bachmann, L. M., & Brunner, F. (2014). The role of fear avoidance beliefs as a prognostic factor for outcome in patients with nonspecific low back pain: A systematic review. Spine Journal, 14(5), 816–836.


