Una mirada desde la rehabilitación neuroinmune El hombro congelado, también conocido como capsulitis adhesiva, es una de las patologías más incapacitantes del hombro. El dolor suele aparecer de forma progresiva, seguido de una pérdida importante del movimiento que dificulta actividades cotidianas como vestirse, peinarse o alcanzar un objeto sobre la cabeza. Aunque durante décadas se consideró un problema exclusivamente localizado en la cápsula articular, hoy la evidencia muestra que esta explicación resulta insuficiente. Cada vez comprendemos mejor que el hombro congelado es una condición compleja en la que interactúan el sistema inmune, el metabolismo, el sistema nervioso y diversos factores del estilo de vida (de la Serna et al., 2021). ¿Qué es realmente el hombro congelado? El hombro congelado afecta aproximadamente al 2-5 % de la población, principalmente entre los 40 y 60 años, siendo más frecuente en mujeres. Sin embargo, esta prevalencia aumenta considerablemente en personas con enfermedades metabólicas y endocrinas, como la diabetes y el hipotiroidismo (de la Serna et al., 2021). Tradicionalmente se enseñaba que esta enfermedad evolucionaba en tres fases —dolorosa, rígida y de recuperación— y que eventualmente «se pasaba sola». Sin embargo, esta idea ha sido cuestionada por revisiones sistemáticas que muestran que un número importante de pacientes continúa con dolor, rigidez y limitación funcional durante años, e incluso algunos nunca recuperan completamente la movilidad si no reciben un tratamiento adecuado (Wong et al., 2017; de la Serna et al., 2021). Un problema mucho más complejo que una cápsula rígida Uno de los mayores avances de los últimos años ha sido comprender que el hombro congelado no consiste únicamente en una cápsula retraída. Las biopsias de la cápsula articular muestran infiltración de macrófagos, mastocitos, linfocitos T y B, junto con un aumento de mediadores inflamatorios como IL-1β, IL-6, IL-8 y TNF-α, capaces de activar fibroblastos y favorecer una producción anormal de colágeno que termina generando fibrosis y rigidez (Akbar et al., 2019; de la Serna et al., 2021). Además, se ha observado un incremento de proteínas conocidas como alarminas, entre ellas HMGB1, IL-33 y S100. Estas moléculas son liberadas cuando los tejidos sufren estrés o daño y tienen la capacidad de activar el sistema inmune, favorecer la fibrosis y estimular el crecimiento de nuevas terminaciones nerviosas, contribuyendo tanto al dolor como a la persistencia de la enfermedad (Cher et al., 2018; de la Serna et al., 2021). En otras palabras, el hombro congelado parece ser el resultado de una interacción entre inflamación, fibrosis y alteraciones en la regulación del sistema inmune. ¿Por qué las personas con diabetes tienen más riesgo? La diabetes mellitus representa uno de los factores de riesgo más importantes para desarrollar hombro congelado. Mientras que en la población general la prevalencia ronda el 5 %, en personas con diabetes puede aumentar hasta un 38 %, y en pacientes con diabetes tipo 1 de larga evolución se han descrito prevalencias cercanas al 60 %. Además, un peor control glicémico, reflejado por niveles elevados de hemoglobina glicosilada (HbA1c), aumenta significativamente este riesgo (de la Serna et al., 2021; Whelton & Peach, 2018). El principal mecanismo propuesto involucra los productos finales de glicación avanzada (AGEs). Cuando la glucosa permanece elevada durante largos períodos, estas moléculas se acumulan en tejidos ricos en colágeno, como la cápsula del hombro, aumentando su rigidez y activando receptores inflamatorios (RAGE), que estimulan vías como NF-κB y favorecen la liberación de citocinas proinflamatorias y la fibrosis capsular (Hwang et al., 2016; Yano et al., 2020). Desde una perspectiva neuroinmune, esto significa que el metabolismo puede modificar directamente el comportamiento biológico del tejido y perpetuar el proceso inflamatorio. Hipotiroidismo: una asociación frecuentemente olvidada Otra enfermedad estrechamente relacionada con el hombro congelado es el hipotiroidismo. Diversos estudios muestran que las personas con alteraciones tiroideas presentan una probabilidad significativamente mayor de desarrollar esta condición (de la Serna et al., 2021). Aunque aún existen aspectos por aclarar, se cree que las hormonas tiroideas participan en la regulación del metabolismo del colágeno, la remodelación de la matriz extracelular y la respuesta inflamatoria. Su disminución favorece un entorno biológico más propenso a la fibrosis y a la inflamación crónica de bajo grado, lo que podría explicar esta asociación (Jublanc et al., 2011). Por este motivo, cuando un paciente presenta un hombro congelado sin una causa evidente o con evolución prolongada, resulta razonable investigar la presencia de enfermedades endocrinas asociadas. El sistema nervioso también tiene un papel La pérdida de movimiento no siempre depende únicamente de la fibrosis. Algunos estudios han demostrado que pacientes con hombro congelado recuperan una parte importante de su movilidad mientras están bajo anestesia general. Este hallazgo sugiere que, además de las restricciones mecánicas, pueden existir mecanismos de protección mediados por el sistema nervioso, como el aumento del tono muscular, el miedo al movimiento y la sensibilización del dolor (Hollmann et al., 2018; de la Serna et al., 2021). Esto no significa que «el dolor esté en la cabeza», sino que el cerebro y el sistema nervioso forman parte de la respuesta protectora del organismo cuando interpretan que existe una amenaza persistente. ¿Cuánto demora en recuperarse? La evolución del hombro congelado suele dividirse en tres etapas: No obstante, estos tiempos son muy variables y dependen de múltiples factores, incluyendo la presencia de diabetes, enfermedades endocrinas, el nivel de actividad física y la intervención recibida. ¿Cómo debería ser la rehabilitación? La evidencia actual apoya un tratamiento individualizado que combine educación, ejercicio terapéutico, manejo del dolor y estrategias adaptadas a la fase de la enfermedad. En algunos pacientes, especialmente durante la fase inicial, las infiltraciones con corticoides pueden reducir el dolor y facilitar la rehabilitación, mientras que el ejercicio y la fisioterapia adquieren mayor protagonismo conforme disminuye la inflamación (Challoumas et al., 2020; de la Serna et al., 2021). Sin embargo, desde una perspectiva de rehabilitación neuroinmune, el tratamiento no debería centrarse únicamente en movilizar la cápsula articular. También es importante identificar aquellos factores sistémicos que podrían estar favoreciendo la inflamación y la fibrosis, como un mal control metabólico, el sedentarismo, la mala calidad del
¿Por qué mi dolor lumbar no mejora? Una mirada más allá de la columna
Si alguna vez has sufrido dolor lumbar, no estás solo. El dolor lumbar es la principal causa de discapacidad a nivel mundial, afectando a cientos de millones de personas y representando uno de los mayores desafíos para los sistemas de salud (GBD 2021 Low Back Pain Collaborators, 2023). La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, el dolor lumbar tiende a mejorar por sí solo durante las primeras semanas. Sin embargo, esto no ocurre en todas las personas. Aproximadamente 1 de cada 4 pacientes desarrolla dolor lumbar persistente, donde el dolor continúa durante meses o incluso años (Maher et al., 2017; Hayden et al., 2021). Entonces surge una pregunta muy frecuente: ¿Por qué mi dolor no mejora? La respuesta rara vez depende de un solo factor. Actualmente sabemos que el dolor lumbar persistente suele mantenerse por la interacción de factores físicos, neurológicos, inmunológicos, psicológicos y relacionados con el estilo de vida. 1. El tratamiento que recibes también puede influir Durante muchos años, el tratamiento del dolor lumbar estuvo centrado exclusivamente en la columna vertebral. Se buscaba corregir una «vértebra desalineada», fortalecer un músculo específico o encontrar la estructura responsable del dolor. Sin embargo, la evidencia actual muestra que muchos pacientes reciben tratamientos discordantes con las guías clínicas internacionales. ¿A qué nos referimos? Por ejemplo: Diversos estudios muestran que estos abordajes pueden favorecer la cronificación al aumentar el miedo al movimiento, disminuir la actividad física y generar dependencia del tratamiento (Bunzli et al., 2023; Oliveira et al., 2018). Actualmente, las guías internacionales recomiendan mantener la actividad física, promover el ejercicio, educar al paciente y abordar los factores que contribuyen al mantenimiento del dolor, más que centrarse únicamente en el tejido. 2. Las palabras también pueden doler El lenguaje utilizado por los profesionales de la salud tiene un enorme impacto. Frases como: pueden parecer inofensivas, pero muchas veces generan miedo, preocupación y una percepción exagerada de fragilidad. Esto favorece lo que conocemos como catastrofización, es decir, una tendencia a interpretar el dolor como una amenaza muy grave y permanente. La investigación ha demostrado que la catastrofización se asocia con: Esto no significa que «el dolor esté en la cabeza». Significa que la forma en que interpretamos una lesión influye directamente sobre cómo responde nuestro sistema nervioso. 3. El dolor no siempre refleja daño Uno de los descubrimientos más importantes de la neurociencia del dolor es que dolor y daño no siempre son equivalentes. Muchas personas presentan protrusiones discales, artrosis o degeneración en la resonancia magnética sin experimentar ningún síntoma. Al mismo tiempo, otras personas presentan mucho dolor con cambios estructurales mínimos. Esto ocurre porque el dolor es una experiencia protectora generada por el sistema nervioso cuando interpreta que existe una amenaza para el organismo. La lesión puede iniciar el problema, pero con el tiempo otros factores pueden mantener esa respuesta protectora incluso cuando los tejidos ya se han recuperado. 4. El estilo de vida puede mantener el dolor Cada vez existe mayor evidencia de que algunos hábitos cotidianos pueden influir directamente sobre el funcionamiento del sistema nervioso y del sistema inmune. Entre ellos destacan: Sedentarismo Permanecer muchas horas sentado y realizar poca actividad física disminuye la capacidad del organismo para adaptarse al esfuerzo y favorece la pérdida de fuerza, resistencia y confianza en el movimiento. Hoy sabemos que el movimiento es uno de los tratamientos más efectivos para el dolor lumbar persistente. Dormir mal Dormir pocas horas o tener un sueño de mala calidad aumenta la sensibilidad al dolor, favorece procesos inflamatorios y dificulta la recuperación. En muchos pacientes, mejorar el sueño forma parte del tratamiento. Alimentación Una alimentación rica en alimentos ultraprocesados y pobre en frutas, verduras y fibra puede favorecer un estado de inflamación sistémica de bajo grado. Aunque la alimentación por sí sola no explica el dolor lumbar, sí puede actuar como un factor perpetuante en algunas personas. Estrés, ansiedad y depresión El dolor lumbar persistente no solo afecta el estado de ánimo; también ocurre al revés. La ansiedad, la depresión y el estrés mantenido modifican la actividad del sistema nervioso, alteran el sueño, disminuyen la actividad física y aumentan la percepción de amenaza. Por eso, actualmente sabemos que la salud mental y el dolor mantienen una relación bidireccional. No significa que el dolor sea psicológico, sino que ambos sistemas se influyen mutuamente. 5. No existe una única causa… ni una única solución Una de las principales diferencias entre la rehabilitación moderna y la de hace veinte años es que dejamos de buscar una única estructura responsable del dolor. Hoy comprendemos que cada paciente presenta una combinación diferente de factores. En una persona el principal problema puede ser el miedo al movimiento. En otra, un sueño muy fragmentado. En otra, un estilo de vida sedentario. En otra, niveles elevados de estrés. Y, por supuesto, también existen casos donde el tejido lesionado continúa siendo el principal responsable de los síntomas. La clave está en identificar qué factores mantienen el dolor en cada persona. ¡La buena noticia! Que el dolor lumbar lleve meses o incluso años no significa que no tenga solución. Actualmente disponemos de una enorme cantidad de evidencia que demuestra que programas personalizados que combinan: consiguen mejores resultados que centrarse únicamente en la columna vertebral. La pregunta ya no debería ser únicamente «¿qué estructura está dañada?», sino también: ¿Qué factores están impidiendo que mi sistema vuelva a sentirse seguro? Porque muchas veces, recuperar la salud no consiste solamente en reparar un tejido, sino en ayudar a todo el organismo a volver a funcionar de forma equilibrada. Bunzli, S., O’Sullivan, P., Caneiro, J. P., et al. (2023). Clinician treatment orientation and low back pain care: A narrative review. British Journal of Sports Medicine. GBD 2021 Low Back Pain Collaborators. (2023). Global, regional, and national burden of low back pain, 1990–2021. The Lancet Rheumatology, 5, e316–e329. Hayden, J. A., Ellis, J., Ogilvie, R., et al. (2021). Exercise therapy for chronic low back pain. Cochrane Database of Systematic Reviews, 9, CD009790. Maher, C., Underwood, M., & Buchbinder, R.